El vampiro que dormía en un refrigerador
Jorge Sánchez Jinéz
Érase una vez un vampiro que dormía en un
refrigerador. Dormía en las noches, las mañanas y las tardes.
Había empezado con la costumbre de dormir en la nevera
y después se pasó a la caja de verduras, en la parte de abajo del artefacto
(más tarde probaría en la puerta, pero le quedaría por demás pequeña e
incómoda).
Aunque se dice que muchos vampiros comienzan a ser
tales cuando otros los muerden y se quedan, para siempre, con la edad que tenían
cuando ocurrió esta conversión, la realidad es que en este cuento no fue así.
Porque Evan –que ese es el nombre de nuestro protagonista– primero fue un
vampiro bebé, luego un vampiro niño, un vampiro joven y un vampiro adulto, que
es cuando inicia esta historia o donde ocurre lo más importante, porque
siempre, siempre, los cuentos deben contarse cuando pasa lo más importante en
la vida de una persona o de un monstruo o de un vampiro, como es en este caso.
Evan era un vampiro mexicano y como se sabe, en
este país los padres suelen poner nombres extranjeros a sus hijos, aun cuando
los apellidos sigan siendo mexicanos, o por decirlo de manera más fácil,
castellanizados; esto quiere decir que aunque algunos vengan de otros países,
se adaptan para que suenen como si fueran de aquí o se pronunciaron en nuestro
idioma, el español o castellano. Así, pues, no sólo con vampiros, sino con
niños normales, a veces quedan nombres bastante curiosos: Brayan Pérez
Hernández, Brandon Kevin Méndez Salazar, o Howie Cruz Ramírez. Y en las niñas:
Kimberly Juárez Sánchez, Mayerling García Martínez.
El caso de Evan no era la excepción.
Su nombre completo era Evan Abigail Sánchez Duarte.
Cuando pasaban lista en la primaria (los vampiros
también van a la escuela), los otros vampiritos se reían entre dientes –entre
colmillos– y le echaban un poco de carrilla por su nombre tan particular.
En alguna ocasión la madre de Evan pensó llamarlo
José, pero era un nombre muy común, y al final optó por el que tiene.
Evan sabía que algunos de sus familiares antiguos
(aunque tampoco tanto, porque para entonces ya existían los refrigeradores),
también habían adoptado la costumbre de dormir en el refrigerador, en
cualquiera de sus partes. Al parecer era algo de familia. Incluso, cuando
siguió con la investigación descubrió que sus tíos más longevos también dormían
en lugares gélidos: el Himalaya, los ríos de Islandia, o las cuevas de
Groenlandia. Pero uno de los que más llamó su atención fue su lejanísimo tío
Gerardo, quien dormía en una cubeta de fierro a la que colocaba cubos de hielo
para pernoctar apaciblemente, con el clima helado, que también le gustaba a
Evan. Cuando le preguntaron el motivo de dormir con este ambiente, contestó:
–El frío para nosotros los vampiros es el ambiente
más fresco y agradable. Así como los humanos se sienten felices cuando están en
la playa, nosotros estamos contentos con sitios templados.
Gerardo se dedicaba a la construcción de neveras, aires
acondicionados y ventiladores, máquinas dedicadas a enfriar el lugar o por lo menos
a volverlo menos caluroso, donde habitaban los no muertos.
En cuanto a Evan, fue de pronto que comenzó a sufrir
una crisis de sueño. Es decir, no podía dormir. Se despertaba en las noches,
cuando la luna estaba en lo alto, o por las mañanas muy temprano; a veces no
dormía de inmediato.
El caso es que nada más no podía conciliar el
sueño, por más que lo intentara.
Cuando se dio cuenta de que era un problema severo
y constante, decidió tomar acción y comenzó a investigar varios remedios para superar
ese mal (desde luego, el inicio de dicho padecimiento coincidió con que dejó de
dormir en el refrigerador, pero él no lo percibió. No al inicio, sino después,
mucho después).
Así, en la búsqueda de una solución, estuvo
probando con botes y cajas, donde acomodaba su vampiresco cuerpo para conciliar
el sueño, pero ninguno era de su agrado, ni de su comodidad, le quedaban muy
grandes o muy chicos.
Incluso intentó descansar en objetos y lugares a
donde sobraba espacio. Compró una almohada para colocársela a un bote; cajas de
madera y cartón, pero aun así seguía sintiéndose incómodo.
Un día, por la mañana, un amanecer muy gélido de
diciembre, fue al jardín de su casa y se sentó en una silla de madera que
compró en un bazar, y se dedicó a pensar. Se preguntó cuál sería la mejor
opción para volver a dormir cual bebé.
–No puedo probar objetos por siempre –expresó el no
muerto–. Tengo que descubrir el adecuado para mí.
Así que intentó crear métodos para recuperar las
horas perdidas.
Si bien no dormía, tomaba otros momentos para
recupera el sueño que faltaba en la noche, descansaba a mediodía, un poco
después de la mañana o en la tarde muy temprano.
Evan dormía mal, pero se recuperaba, y como le daba
sueño dormía a esas horas.
Sus amigos le decían que era un poco flojo, pero
para él no era así, sólo estaba descansando. Después de todo, el refrigerador
era el lugar más cómodo de la casa, –que en ese momento no tenía–, por lo que terminó
volviendo a él, y abandonó las cajas.
Allí reponía energía y descansaba.
De alguna forma, el insomnio lo llevó a pensar en
la muerte, el día en el que todo termina, para humanos, y para vampiros.
Fue con su madre a hacerle algunas preguntas al respecto.
–¿Cómo saber cuándo nos iremos de este mundo?
La madre contestó:
–No somos inmortales, pero podemos durar muchos
años.
Su mamá no dijo nada más.
Evan fue a casa a descansar.
Estando en la sala, en un de sillón de piel de
vaca, se levantó al pasillo, donde tenía un espejo redondo y alto. Se miró en
él, y dijo:
–Ahora puede decir que soy viejo.
Se estaba convirtiendo en un vampiro maduro.
Se vio las canas y se las hizo a un lado con
discreción, pero también con dignidad y hasta con gusto.
Recordó las palabras de su padre:
–Nosotros somos la única especie de vampiros que
envejece –en aquella ocasión, Evan era todavía un niño, un niño vampiro–.
Nosotros podemos vivir quinientos años o más, si nos cuidamos, si no bebemos la
sangre de animales o personas.
Eran vegetarianos, no comían ni bebían sangre de
humanos.
Se alejó del espejo.
–Creo que debo empezar a cuidar mi alimentación –se
observó en el espejo y encontró sus propios ojos, color almendra, sus labios
carnosos y la nariz respingada; se acomodó el cuello de la camisa, blanca, y
añadió para sí mismo–: Sí, así será. De ahora en adelante seré un mejor vampiro
–caminó de regreso a la sala y notó cómo los huesos de la rodilla le tronaron
levemente y se rio con gusto. Sólo dijo–: Creo que estoy envejeciendo.
Evan se sentó en el sillón a mirar la televisión; después
de un rato de reposo recordó las historias que le contaban tanto su madre como
su padre, acerca de cómo los no muertos comen humanos.
Si bien los vampiros mexicanos no los consumen, hay
otros que sí. Los vampiros europeos, por ejemplo, se alimentan de incautos que
salen en las noches a pasear, de gente que viaja a otros países de turista y
–sus preferidos–, los niños y jóvenes a los que no les gusta leer.
Pensaba en ello, cuando recordó a otro de sus tíos.
Se llamaba Efraín y era un híbrido entre vampiro y Frankenstein, se partía en
pedacitos y en la mañana volvía a reacomodarse, unirse y pegarse como si nada
pasara. Desde luego, Evan no podía hacer eso, porque era sólo vampiro y no
vampiro Frankenstein, era distinto a su tío.
Entre sus amigos, aquel pariente era conocido como
Efraínkenstein, pero esa es una historia distinta a la de aquí.
La crisis de sueño continuaba, así que Evan probó
los ataúdes convencionales de madera, intentó con cajas de plástico, y hasta
con baúles de hierro, pero ninguno le funcionó tan bien como el mismísimo
refrigerador.
Fue aquí cuando descubrió, ahora sí, que el consejo
de su madre, le había influenciado para abandonar su lugar preferido.
Continuó con su rutina y costumbre de dormir en esa
caja blanca llamada refrigerador, o frigorífico, o nevera.
Aunque los padres y madres nos aman, algunas veces
sus consejos no son los mejores; otras veces sí. Pero lo importante es
distinguir cada uno de ellos.
Así que Evan no hizo caso nunca más caso a los
sueños ajenos, aunque fueran de mamá. Porque finalmente se descubrió a sí
mismo: él era un vampiro muy mexicano, era el vampiro que dormía en el
refrigerador.
Al continuar durmiendo en su lugar preferido, el no
muerto notó que se veía más joven, a pesar de estar en la madurez en años
vampiro.
Se colocó frente al espejo, y lo corroboró.
Sí, estaba rejuveneciendo (cosa que puede pasar en
los seres de su especie).
Se le quitaron unas arruguitas de la frente,
descansaba mejor, y las rodillas le tronaban menos, mucho menos.
Esto lo llevó a recordar su infancia.
Como cualquier niño vampiro, Evan adornada su
habitación con motivos sangrientos.
En las paredes tenía dibujos de colmillos, gotas de
sangre, ropa negra.
Y tenía el póster de Drácula, el máximo súper héroe
de los vampiros.
El monstruo en cuestión llevaba pantalones negros y
saco del mismo color, camisa blanca, de cuello bien planchado, y unos zapatos
lustrosos que combinaban con el tono de la noche.
Completaba el ajuar un anillo dorado en la mano izquierda,
una cadenita trenzada en el pecho, el peinado relamido de gel, y un celular que
se asomaba en el bolsillo del pantalón. Era un Diente S–24, el artefacto más
actualizado, cuyo símbolo era una gotita de sangre estrellándose en el suelo,
el último grito de la moda telefónica entre vampiros adultos y niños, el
aparato más innovador y actualizado.
La tecnología había avanzado bastante en los años
recientes, y dicho aparato era capaz de medir el nivel de azúcar en la sangre
–me falta asolearme o no–, así como de, así como de calcular con exactitud los
ciclos de la luna –esencial para recargar energía de forma natural entre los no
muertos–, y de localizar a los animales más jugoso y apetecibles. ¡Yomi, yomi!
El niño vampiro Evan coleccionaba castillos llenos
de murciélagos, sus animales preferidos, ya que podían volar en la noche, con
los ojos cerrados.
Mas a esa edad le fascinaba un personaje en
especial (además de Drácula).
Era admirador del Conde Gállula, un gallo vampiro, dueño
de empresas en una ciudad de gallos y gallinas; guardaba sus Diarios secretos,
y los leía para convertirse en el mejor muerto viviente del mundo.
Evan ya se encontraba mejor, pero se acordó del
consejo que le dio su madre (nadie sabe por qué):
–No puedes seguir durmiendo en la nevera. Se te van
a enfriar los pies.
Así que Evan dejó de acostarse no sólo en la
nevera, sino en el refrigerador mismo.
Vinieron luego los intentos de dormir en las cajas
de madera, de cartón, los ataúdes de fierro, y las almohadas.
Cierto día comenzó a sentirse cansado.
Llegó a la conclusión que se debía a la falta de
sueño y a la incomodidad de dormir en un lugar que no le venía bien.
–Creo que es hora de recuperar mi refrigerador –para
ese momento dicho artefacto ya no funcionaba.
Así que decidió buscar al señor Vampitornillo, el técnico
que arreglaba refrigeradores.
Le llamó.
Fue a revisar el artefacto.
–Todavía sirve –dijo el técnico–, pero le harán
falta algunas composturas.
–Hágalas.
–De acuerdo.
–¿Cuánto es?
–Cincuenta mondas de moronga (este ingrediente era
sangre de cerdo y aunque no servía para alimentar a los no muertos se utilizaba
como dinero en el mundo de los vampiros mexicanos).
Evan pagó las cincuenta monedas, que retintinearon
en la mano del técnico.
Al ver que pasaban los días y el técnico no reparaba
el refrigerador, Evan fue a buscarlo; uno de sus empleados le dijo:
–El señor Vampitornillo falleció ayer.
Al parecer no arreglaba bien los refrigeradores
–respondió Evan.
–Él mismo no ajustaba aparatos que utilizaba para
descansar, y terminó por pasar a mejor vida –contestó el empleado–. Murió de
una pulmonía fulminante al enfriarse su habitación. Ahora se encuentra en el cielo
de los vampiros.
»Sí, claro que existe un cielo para estos
aterradores seres.
Más tarde, Evan llamó al Señor Colmillo Gélido,
otro técnico de frigoríficos, al que preguntó por la compostura del artefacto.
–Yo no hago ese tipo de trabajos –dijo el segundo
técnico.
Evan buscó a un tercer técnico.
La Tuerca Helada, una vampiresa de cabello canoso,
quien, sin embargo, dijo no conocer mucho del tema.
Esto lo condujo a investigar en una página de
internet llamada Descongele sus propios colmillos: reparación de
refrigeradores.
Ahí encontró consejos, técnicas y aprendió a
diferenciar las piezas de dichos artefactos, ya fueran antiguos o recientes.
Dedicó la tarde entera a ajustar el enfriador, la
principal pieza descompuesta; cambió algunas tuercas que el señor Vampitornillo
no había presionado con suficiente fuerza, puso una pieza que la vampiresa desconocía,
y ajustó el termostato, la pieza que regula la temperatura.
Luego de realizar estos cambios el refrigerador
quedó listo.
Cierto día, cuando Evan retomó el ritmo del sueño
(fue tan rápido y tan pronto que casi ni notó la mejoría), encontró un niño que
cambiaría su destino.
El Día de Muertos es una celebración clásica de
México.
Así que aquella noche se conocieron como suelen
conocerse muchos de los mejores amigos. En un encuentro en que los niños salen
a pedir dulces de casa en casa (la tradición mexicana se había combinado con la
de otro país, pero seguía siendo en la misma fecha). Entre calaveras de
chocolate, papel picado y disfraces de monstruos Evan y Aldo se conocieron en
un parque.
–¿Me copera para mi calaverita? –preguntó el niño,
mirando al anciano vampiro, aunque aquel no llevaba un disfraz, sino que era su
apariencia real.
Sin saber cómo, empezaron a platicar.
Evan le dio un par de dulces que llevaba en el
bolsillo.
–Ese no es un disfraz, ¿cierto?
–No, no lo es –respondió el vampiro, pensando que
el niño se lo tomaría a broma.
–Lo supe desde un inicio. Tú eres un vampiro real
–contestó el niño.
Tras un instante de pausa, el niño siguió hablando.
La plática continuó y Evan terminó relatándole su
vida entera.
Le contó su historia, desde que era un bebé, un niño,
hasta ahora, que ya tenía canas y le tronaba la rodilla.
–A ver tus colmillos.
Evan dudó, pero al cabo de un momento y tras mirar
con determinación a su amigo humano, el vampiro le dirigió una mirada
contundente y poco a poco y luego muy rápido abrió la boca lo más veloz que
pudo y, tras lanzar un pequeño rugido parecido al de un gato, le mostró sus
colmillos. Dos grandes estalactitas que se asomaban desde lo alto de las encías
hasta el labio inferior. El espectáculo era monstruoso y fascinante a la vez, o
eso le apreció al propio no muerto, y al niño mismo.
–¿Qué más me puedes contar? –preguntó Aldo.
–Cuando olvidaba hacer mis tareas de la escuela, mi
madre me castigaba y me ponía a trapear con esencia de ajo. Echaba en el agua
un par de dientes de aquel condimento, lo removía con un poco de cebolla y
pasaba la jerga por el piso, hasta que quedaba reluciente y con ese aroma. A
las mamás les encanta, no sé por qué. Supongo que es porque somos vampiros
mexicanos. Sin duda un vampiro extranjero, cualquier europeo, no aguantaría ni
tantito el olor del ajo.
»Y mucho menos de la cebolla.
Aldo continuaba preguntando.
Y seguía y seguía.
Sentados en una banca, el pequeño le preguntó:
–¿Es cierto que los vampiros se mueren con una
estaca en el corazón?
–No me preguntes esas cosas.
Tras un silencio Aldo inquirió:
–¿Acaso los vampiros no odian la plata?
–En los cuentos tradicionales sí. Pero en esta
historia, ¡recuérdalo!, los vampiro son únicos, no le temen a ningún tipo de
metal.
–¿Y qué pasa con las hierbas?
–Otro mito –respondió el vampiro.
–¿Cómo es eso?
–De hecho, se usan como limpiadores de pisos,
además del ajo –respondió Evan, quien nunca pensó que Aldo creyera lo que le
contaba.
–¿Lo que me dices es en serio?
–Más serio que mi nombre. Es decir que así como sé
mi nombre, así de seguro estoy.
–Cielos ¡Por los colmillos de Drácula! –continuaba
asombrado el niño, en tanto se mesaba el pelo y secaba el sudor de sus manos.
Hizo una pausa para mirar a los ojos a su amigo y lanzó una última pregunta.
–Por cierto, ¿no me comerás?
Evan lanzó una carcajada en el parque.
Esa fue la única vez que un vampiro reveló sus
secretos a un humano (un niño humano). Incluso se cuenta que la información
obtenida en esa entrevista fue el fundamento de este cuento, los datos que se
mencionan en él, así como las anécdotas más insólitas, importantes y graciosas
que aquí se relatan. Desde la importancia de los nombres de los vampiros
mexicanos, sus características más destacadas y los encuentros con seres
diferentes a ellos, en este caso, los humanos. Bueno, los humanitos, es decir
los niños pequeños, como los que, seguramente, ahora estarán leyendo este
cuento, o que alguien más se los está leyendo.
Quizás en este momento hay niños humanos, pequeños
o grandes, leyendo las aventuras de Evan en un desván, solos en casa, o
acompañados por un tecito en brazos de mamá, o en el sofá, sentados junto a su
tío favorito, ¡quién sabe!
Al terminar la conversación, el niño dijo:
–Te prometo que contaré tu historia a los demás.
–¿Quiénes son los demás? –preguntó Evan.
–Los otros niños, los que quieran creer en
monstruos, hadas y vampiros.
–¿Crees que soy un monstruo?
–Es una manera amigable decirlo.
–Entiendo –respondió Evan.
–Bien.
–Bien.
Sonrieron.
Tiempo después, Aldo recordó la promesa que le había
hecho a su amigo vampiro de contarle al mundo que los no muertos existen. Así
que decidió escribir esta historia en forma de cuento, y que sería una
confesión para los demás.
Querido Evan:
Me dijeron que estaba un poco loco, así que no
quise contradecirlos. Yo sé que es verdad, que fue verdad nuestro encuentro en
aquella noche de Muertos.
Te prometo que contaré tu historia. Aunque se rían
de mí. Los vampiros son reales y existen en este mundo.
Atentamente,
Aldo
P.D. Añado el cuento en el sobre.
El niño humano depositó la carta en el buzón y
regresó a casa.
Calle de los no muertos, número 909
Colonia Risa loca.
Volviendo a esa noche del Día de muertos, se
despidieron con un abrazo.
Y nunca más se volvieron a ver (o eso es lo que sabemos hasta ahora), y de aquel encuentro amistoso sólo quedó una carta y un testimonio, que se convirtió en un cuento para niños, tanto humanos como niños vampiro.
Redes sociales
Facebook / Instagram / YouTube: @jorgeliteratura
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.