martes, 11 de mayo de 2021

Cinco cuentos sobre vida después de la muerte, reanimación, resucitación

Jorge Sánchez Jinéz

 

En este primer apartado tendríamos que empezar, necesariamente, con un cuento de la escritora británica J.K. Rowling, por demás conocida gracias a su saga sobre Harry Potter, que en está ocasión nos servirá de referente para hablar de otra de sus obras, un compendio titulado Los cuentos de Beedle el Bardo, una colección de historias breves, una de ellas es el objeto de este tema: El corazón peludo del brujo, un cuento sobre el amor más allá de la muerte que un mago sienten por su amada, pero que, no obstante el intento de este por traerla de vuelta a la vida, fracasa; desde luego, el mago mediante el uso de una piedra maravillosa que gira en su mano, intenta dicho artilugio, que falla, pues la amada aparece sólo un momento en el mundo de los vivos, pero no pertenece a él; como la propia Rowling argumentaría, no hay artilugio capaz de regresar a los vivos a este mundo. Cómo sea, bien mencionaba al inicio que este relato es el punto de partida para hablar de otros.

El siguiente cuento que me viene a la memoria es Herbert West, reanimador, de H.P. Lovecraft, escritor estadounidense, creador del llamado horror cósmico -que debe su nombre, precisamente, a los encuentros, sucesos y aventuras que los personajes de sus historias experimentan con elementos de universos desconocidos, seres inter dimensionales, y elementos mágicos, entre otros-. Cómo sea, en esta historia Lovecraft narra la vida de un joven médico que, junto a su compañero y ayudante, logra experimentar en los cuerpos de muertos. El médico practica distintas técnicas de reanimación, para devolver la vida a los seres ya extintos; quiere, por decirlo así, resucitarlos, restituir el soplo de vida que tienen los vivos, y los muertos no; como sea, West, consigue hacerse con numerosos cuerpos a lo largo de su carrera como médico y reanimador (numerosos, considerando lo difícil que resultaría tal acción); West obtiene cadáveres frescos de distintos lugares como la propia facultad, y, más adelante, de alguna guerra, en la que, precisamente, encuentra el cuerpo más recientemente fallecido, y al cual le aplica una técnica que lo hace proferir un horrible y estremecedor quejido, que lleva a éste a levantarse y, finalmente, a estremecerse y matar a su propio creador.

Un tercer cuento, más bien versión cinematográfica, del tema, es la serie Fringe, creada por J.J. Abrams, quien, junto con un amplio equipo ha desarrollado una historia compleja sobre ciencia y los límites que implica en la vida cotidiana, pero, sobre todo, en casos policiacos, que la agente Dunham resolverá junto a Peter Bishop, y Walter Bishop, padre de este último y científico loco, a quien sacaron de su encierro, un manicomio, de manera expresa para esta situación. Dunham, es ayudada, también, por otros personajes como Charlie, policía y compañero suyo; algunas sorpresas, por cierto, se encontrarán allí. En fin, una seria cautivadora, en cuyos capítulos, o que, en uno de ellos, explorará el tema de la muerte después de la vida, o la reanimación: una experiencia de la cual logran rescatar un cuerpo, analizan sus pupilas para encontrar los últimos instantes de vida; la compañía encargada del trabajo es Massive Dynamic.

El cuarto cuento, o historia novelada es Frankenstein, de Mary Shelley, quien, en un invierno, encerrada con unos amigos se propuso el reto de relatar una historia sombría, cuyo resultado es, y fue para ella, Frankenstein. La trama, harto conocida, relata la vida del doctor Víctor Frankenstein, estudiante de medicina, cuya labor se centra, en algún momento de la historia, en recrear un ser (no un ser humano), a partir de retazos de cadáveres, de seres ya fenecidos; estos mismos seres, parecen ser el reflejo de lo que busca el engendro (jamás denominado con el nombre de su creador, como ha mencionado la cultura popular: él es el creador, no la creación); así, el monstruo se revela frente a su inventor, y acarrea desgracias donde sucumben los integrantes de su familia; la novela concluye con la muerte de Víctor Frankenstein, mientras que el monstruo, arrojándose en el mar, para perderse, queda en el total olvido.

La tradición popular nos ha traído la resurrección de Cristo (Jesús convertido o alcanzando el estado crístico, Jesús Cristo), como la más conocida de las categorías aquí dispuestas: la resurrección. Y más allá de los evangelios, los cuales, no obstante, hablan de este hecho primordial, Jesús es el redivivo más celebre de la historia, no reanimado, como en los casos de West o Frankenstein; ese es Jesús, el Cristo resucitado, de quien hemos dicho ya que el cristo es un estado de conciencia, un modo limpio y puro de ser y estar en el mundo, aun cuando él no es del mundo. Como referente literario, tenemos la Biblia, cuyo significado es el Libro, y que alberga los eventos posteriores al hecho: la aparición a María y los apóstoles, luego de lo cual Jesús ascendió al cielo, en cuerpo y alma, trascendiendo, así, la vida después de la muerte.




miércoles, 5 de mayo de 2021

 De zombis, muertos vivientes, y no muertos

Jorge Sánchez Jinéz

 

El día de hoy quisiera abordar un tema que, en lo personal, me causa estragos, quizás por mi condición personal, de aún no sanación completa, o insuficiente para responder a algunas condiciones violentas sobre la vida, injustas, o quizás simplemente terroríficas. Pero vayamos a ello, porque más que una cuestión personal, insisto, el día de hoy quisiera hablar del tema, desde la metáfora, desde la literatura, como ya es costumbre, pero enfocada al cine (recordemos que toda serie película o producción, tiene, antes que nada, una producción escrita, un guion, literario, o no, pero un guion). Como sea, empecemos con la cuestión del zombi ¿Qué es el zombi? ¿Quién es el zombi? Es un muerto viviente o un no muerto, las alegorías abundan, y podríamos enumerar montones de ellas para explicarlo: un ser no vivo, un ente que navega entre la vida y la muerte, o que vive a medias; esto, traducido a la vida cotidiana, sería un oficinista, dice Alejandro Jodorowsky (aunque no necesariamente cualquier oficinista, los hay, y los habrá que disfruten su trabajo y estén vivos); pero, hablando un poco más allá de la forma, podría tratarse de cualquier persona que, anestesiada en su dolor, ya no se dedica a vivir, sino a sobrevivir, y de allí la figura del zombi (toda alegoría es una condición humana). Todo es metáfora, podríamos, incluso citar a Lacan. Volviendo al punto, sea, quizás, necesario realizar una breve clasificación de estos tres aspectos, de estos tres seres condenados (aunque sea temporalmente), a la condición de seres humanos repelidos por el dolor, ausentes de la vida (¡qué dramático!). Empecemos pues, con los zombis. Zombis, seres de categoría inferior a los humanos, normalmente, nacidos o renacidos a partir de un experimento científico fallido, un virus, o, simplemente, de origen desconocido; suelen morder, arrancar el pedazo, sangran, babean, gruñen, y aunque lentos al caminar (de ahí también que les llamen caminantes), si te alcanzan, será tu fin; las versiones conocidas y reconocidas van desde la enigmática y paradigmática La noche de los muertos vivientes, de George Romero, (en su versión en blanco y negro, ¡fantástica!), hasta The Walking Dead, con sus más de nueve o diez temporadas (¿alguien sabe en qué temporada vamos y si ya terminó?); sumaríamos a ellos, según investigué, el propio video Thriller, de Michael Jackson, montones de películas de reciente creación, y alguna novela española, donde los zombis brotan como plagas; en fin, hay montones de versiones, y agotarlas, parece imposible, pasemos, mejor, a la siguiente categoría. Muertos vivientes; aunque podríamos incluir aquí a los mismos zombis, sólo me gustaría diferenciarlos porque éstos vuelven a la vida, gracias a la intervención de un mago o brujo que, mediante encantamientos, es capaz de revivir a un persona y hacerse con su voluntad; el hecho, histórico, metafórico o real, sucede, en efecto, en Haití, y consiste en encantamientos, rituales, o hechizos capaces, de levantar a una persona luego que su condición de muerte, de allí su nombre; ese es el origen del zombi actual, como muchos lo conocemos, el que se arrastra, muerde, y no muere, salvo algún disparo en la cabeza. Llegamos por fin, a la tercera de nuestras categorías. Los no muertos, hijos todos de Drácula, encuentran su origen en este ser, nacido entre la realidad y la ficción. Inmortalizado por Bram Stoker, el vampiro más conocido de la literatura, el cine y la cultura popular, encontró su primera publicación en una novela escrita a base de cartas. A partir de allí han surgido innumerables versiones y adaptaciones, tanto literarias como cinematográficas (por ejemplo, la serie creada por Anne Rice), y a su vez las adaptaciones pertinentes de ésta última… una muy divertida, ya no de Rice, sino de Drácula, es El conde Pátula, una caricatura de finales de los ochenta, y principios de los noventa. Una última referencia sería La historiadora, una investigación documental, novelizada por Elizabeth Kostova, de quien hablaremos en otra ocasión, por merecer atención su interesante El rapto del cisne, una historia sobre un paciente mudo, por condición –mutismo, en realidad–, y cómo su terapeuta va en busca de la solución para que confiese un secreto o el secreto de su falta de habla. Como sea, he mencionado este último dato, aparentemente alejado del tema, porque, en realidad, esto nos lleva al origen del artículo: la metáfora del dolor humano (y su propensión al ataque), colocada en la figura o figuras del zombi, el no muerto, y el muerto viviente. Pues bien, retomando a Jodorowsky, éste coloca en algún lugar de sus redes sociales, un post donde dice algo como: Maestro, ¿por qué tienes tantas cicatrices? Porque los que sufren muerden, responde el maestro. Bien, esta es la respuesta, el origen, quizás, de muchas de las creaciones que acabamos de enumerar y clasificar (una clasificación propia), y del origen, también de este artículo: las mordeduras de estos monstruos o de las zonas monstruosas de otros seres humanos y de las que, muchos, hemos sido víctimas, o simplemente, receptores de ello, representarían lo que Stephen King denominaría La zona muerta, metáfora, también, de estas zonas anestesiadas del ser humano que, a veces, hacen morder a los otros, y a esos otros, escribir sobre el tema... en fin, una espiral o círculo que parece no tener fin, y que, para terminarlo, simplemente recomendaremos las lecturas mencionadas para un disfrute más allá de lo que, en lo personal, cada uno pueda vivir.

 

Nota final

Por ahora no sé dónde cabrían otros engendros, como Frankenstein (¿no muerto, muerto viviente o zombi?). ¿Tú dónde lo pondrías?



jueves, 1 de abril de 2021

 El duende en la literatura, y en el cine

Jorge Sánchez Jinéz

 

En el libro La psicología del yoga kundalini Carl Gustav Jung habla sobre el enano de las historias literarias; menciona, ahora mismo no tengo el dato, alguna novela, donde un personaje de estas dimensiones, funciona a nivel psíquico como una representación o símbolo de nuestros complejos, es decir, aquellos núcleos que, con cierta autonomía, ejercen fuerza y atención, para actuar, digamos, de mala manera: en la vida cotidiana, podrían representar olvidos, omisiones, negligencias, y errores de distintas magnitudes y clases. Hasta aquí el tema de Jung y los complejos, más o menos funcionales.

Otro respecto, sin embargo, nos merecer hablar de los duendes malditos y el terror, y en ese sentido me gustaría trasladar lo mencionado arriba hacia un escenario funesto (pero sólo aquí, en el papel), a donde al enano como complejo le sumamos una historia de terror, en el cine hay muchas de ellas. En este caso, estaríamos hablando de un complejo mucho más poderoso, más potente y que representaría, ya no un olvido o un elemento similar, sino un terror, interno, por supuesto, y en algunos casos hasta una perversión; pero vayamos más despacio. En el caso del terror, estos enanos o duendes malditos nos hablarían –arguye Alexander Lowen, un psicólogo y terapeuta corporal–, de los miedos internos, la manera en cómo se manifiestan, que son las antedichas historias de terror. Importante sería añadir que las narrativas en donde estos monstruos son derrotados, equivaldrían a la victoria, o no, sobre esos complejos que nos atemorizan; así, las películas de terror tomarían un aspecto relevante, tanto más allá de “disfrutar” de la trama y el estrés positivo, o adrenalina que nos generan las persecuciones, escapes o aventuras presentes allí; en otras palabras, el terror narrativo es, digamos, un reto en nuestra vida cotidiana, a partir de vencer, primero, los miedos internos, eso nos dice Lowen. Para completar el tema, quisiera recordar sólo algunos de los muñecos, duendes malditos, o enanos, que hablarían, narrativamente, de ello: Slappy, tanto en su versión escrita, por R.L. Stine, como la del cine, en Escalofríos; El duende maldito regresa, del director, Steven Kostanski; y Chucky, el muñeco diabólico, en sus distintos filmes.

Ahora bien, más allá de los combinar teorías o enfoques, como podría notar el lector –he citado a Jung y después a Lowen, me parece interesante y provechoso, cuando sea posible, integrar los conocimientos, que, en este caso, nos ayuda más bien a construir un mapa de la mente, y sus dinámicas.

En ese sentido, un último apunte, sobre el enano, sería el distinguir a los muñecos pre edípicos, como los minions, enanos –como los de Blanca nieves (recuérdese que la princesa “duerme” con ellos y conserva su castidad), o los Oompa-Loompas de Charlie y la fábrica de chocolate, pues todos ellos representan, eso, simplemente, un estado anterior de la conciencia sexual y humana, esto es, son inocentes, niños, casi bebés andantes que aparecen, sobre todo, en la literatura infantil como representaciones de estados anteriores de conciencia, como se ha dicho y de desarrollo, en general; unos bellos personajes para decorar, amenizar y completar las narrativas fantásticas o infantiles. ¿La fuente de este último dato? Bettelhein, en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas, habla de ello, de los pre edípicos, así como de otros cuentos infantiles, pero eso, diría Michael Ende, debe ser contado en otro momento.


Nota post

Especial atención merecerían, también, los enanos trabajadores: los forjadores, herreros, representan, quizás, nuevas habilidades adquiridas, destrezas físicas o psíquicas que aprendemos durante nuestro andar en la vida; ejemplos sobran, pero uno, eterno, sería quizás, el hobbit, de J.R.R. Tolkien, o aquellos presentes en diferentes sagas, actuales, y antiguas, que encuentran, todas ellas, su base en el arquetípico El señor de los anillos.




miércoles, 10 de marzo de 2021

Gmork el lobo, de La historia interminable

Jorge Sánchez Jinéz


En el capítulo dedicado a este personaje, encontré la pauta para colocar dentro de la narrativa tres elementos metaficcionales, y con ello quiere referirme a estos: el personaje como símbolo, la tipografía, y la propia historia; trataré de explicar cada uno, de manera breve. En el caso del primero, Gmork está funcionando como puente entre el mundo humano y el mundo fantástico, al ser una criatura mitad hombre, mitad animal está representando esa dualidad entre lo real y lo irreal, lo real y lo imaginario, lo humano y lo fantasioso: en algún momento determinado, luego de varias aventuras, Atreyu -encargado inicialmente de portar a Áuryn-, se encuentra con este personaje, quien le dice que la única manera de acceder al mundo humano, y así adelantar la salvación de Fantasía, es introduciéndose en la Nada: en ese sentido, Gmork representa como personaje-símbolo dicha situación. En segundo lugar, tenemos la tipografía del libro, el volumen físico, a donde encontramos dos tintas, una de color verde, escribiendo, o dándonos a conocer la historia dentro del libro, y una de color rojo, con la cual el autor narra la historia de Bastián, en el mundo humano; esta novedad, es ya un elemento de metaficción. Finalmente, tenemos un tercer elemento, la propia historia de La historia interminable, a donde -más allá de las tintas-, se cuenta la trama de dos mundos interrelacionados y el tránsito de personas y personajes de un lado hacia el otro, y la importancia de ello: la muerte o la vida para Fantasia, todo ello a condición de dar un nuevo nombre a la emperatriz infantil.

Hay muchas más aventuras, elementos y personajes situados antes y después de la entrada de Bastián al libro, muchos de ellos resultan, no obstante tratarse de literatura infantil, complejos, pero también enriquecedores.

En ese sentido podríamos concluir que Michael Ende nos brinda, por medio de tres elementos un perfecto ejemplo de metaficción a distintos niveles: el personaje como símbolo, la tinta del libro físico, y la historia contada en la novela. Una genialidad.




 

domingo, 17 de enero de 2021

El otro, de Borges, un breve análisis simbólico

Jorge Sánchez Jinéz

 

El cuento El otro, del escritor argentino Jorge Luis Borges contenido en el maravilloso ‘El libro de arena’, no deja de ser un texto que aborda el eterno tema del doble, como ya sucedió con Dorian Grey (sí, finalmente ese es el tema), y especialmente con El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, de Robert Louis Steven.

De este modo el cuento de Borges constituye una exploración, desde la literatura fantástica, del tema del doble, un arquetipo en el cual un personaje se desdobla sobre sí mismo, desplegando características, en muchos casos, que caen en las polaridades bondad y maldad, por decirlo de algún modo: positivo y negativo, luz y sombra, etc. Como sea, en el cuento de Borges es, por cierto, una polaridad similar la explorada aquí: la vejez y la juventud. Naturalmente, es el Borges anciano (el autor se ha colocado a sí mismo como personaje, dotando así al texto de una característica autobiográfica muy valiosa)… el Borges anciano, pues, es el narrador de la historia y quien, de manera natural, se encuentra con su otro yo, joven, inexperto aún en algunos casos, o poco conocedor -es normal- de eventos futuros ya sucedidos en la vida del otro; es Borges anciano quien le revela detalles de  la vida cotidiana -como la localización de libros e instrumentos de cocina o caseros-, para convencerlo del evento vivido en ese momento; lo instruye o avisa de eventos históricos, como la gran guerra, y le dice, le confiesa de manera poética (aún más sabiendo esto como una experiencia del autor, no sólo del personaje), acerca de una ceguera que sufrirá con el tiempo: es como un lento atardecer de verano, le dice al muchacho.

Más adelante, en la historia ocurre un punto necesario (después de cruzar uno o dos referencias más, históricas, personales y, en especial. literarias, de hecho, en algún momento se menciona El doble, de Dostoievski, razón no está en sí misma, sino el tema completo del cuento lo que me dio la pauta para iniciar el artículo de tal forma).

Un punto central de la historia (pasado el referente de la ceguera), es determinar la naturaleza del encuentro: acaso se trata de un evento real; parece importante confirmarlo, negarlo, o al menos, ponerlo en duda; para ello, el Borges anciano, le propone al joven intercambiar un billete y una moneda (“el arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata”), el anciano entrega el papel, el joven la moneda -o escudo-, y este último lee en el billete una fecha, que después resultará ilusoria, falsa, afirma el narrador, pues todo consistía en determinar si se trataba de un hecho real o un sueño: esa convergencia de dos tiempos y dos espacios en uno solo; determinar dicha naturaleza parece una tarea principal (además de funcionar como metáfora literaria del paso del tiempo, en general, y en la vida humana, en especial en la del propio Borges, como autor). Así, pues, al entregarle el billete al joven, este afirma: “No puede ser… Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro”. Finalmente, ambos se van (previo acuerdo de reunirse), circunstancia que no ocurrió, afirma el Borges anciano. Como sea, después de ello, el narrador busca dilucidar la naturaleza del encuentro. El joven estuvo en un sueño (soñó, por lo tanto, la fecha del billete); mientras que, para el anciano, el hecho fue real; para el joven, el evento se desvaneció; para el viejo, fue una experiencia real que, simplemente, trató de olvidar o de contarla como un cuento, y de allí su nacimiento. Aquí termina el texto, escrito por Borges, el autor.

Él mismo confesaría hacia el final de su vida cierta incapacidad para entregarse a ella por completo, de ahí la importancia, no obstante, de volver a este cuento y añadir el siguiente apéndice.

Nota extra: en el cuento aparecen dos símbolos importantes que ocurren dentro del diálogo de ambos personajes: el río y la plata, el primero aparece un par de veces (el narrador menciona o refiere a Heráclito y su perene imagen del tiempo, postulada en el río y su devenir imposible); en el caso de la plata aparece en el escudo que el joven le entrega al anciano, y en un mate o samovar que existe en la casa del joven, referido por el viejo. Ambos símbolos, aun siendo materiales, físicamente, representan, a mi gusto, representaciones -más allá de la referencia a Heráclito-, el paso del tiempo, el cabello cano, y la longevidad, en el caso de los objetos de plata. Un tercer símbolo, más particular, menos universal, es la ceguera, ese “lento atardecer de verano” que nos habla de una confesión secreta, poética y personal del propio autor, lo cual convierte al cuento y a sus personajes, en especial, quizás más al anciano, y al propio Borges autor, en un personaje, como se dice en la literatura, memorable, y de allí, gran parte de su belleza, literaria y, claro, humana. 




El Panóptico en la literatura

Jorge Sánchez Jinéz

 

El concepto de Panóptico fue utilizado originalmente para designar un retablo, en cuyo centro se encuentra una torre o atalaya que permite ver la cárcel completa, las celdas que se ubican alrededor de ella, para así poder vigilarlas, estableciendo así una situación de control sobre los presos.

Ahora bien, este Panóptico, que parte de la arquitectura sería retomado por Michel Foucault, quien al adaptarlo a su teoría sobre el poder lo dotaría de acepciones relativas al control, el sometimiento, y la superioridad de una posición psicológica, social o económica.

En ese sentido, hay algunas obras literarias que adoptan dicho concepto; un ejemplo es la novela El Sistema, de Ricardo Menéndez Salmón, ganadora del premio Biblioteca Breve 2016. La historia cuenta la vida de un constructo geográfico, ordenado en archipiélagos, que, en conjunto, llevan el de la novela; este sistema, ha tenido periodos temporales Protohistoria, Historia Antigua, Historia Moderna e Historia Nueva, éste último es donde se desarrolla la trama. En ella, el encargado de registrar los hechos es el Narrador, como las guerras, crisis políticas, movimientos económicos, etc.

Entre ese barullo de eventos, lugares, personajes (siempre señalados en genérico, y con mayúsculas), destaca la aparición del Panóptico, un lugar donde:

“Fuera de la Estación existe un perímetro de seguridad: cemento y hormigón, ladrillo y hangares, casamatas y enseres de intendencia, cuadrículas cerradas, bosques de antenas, bloques espartanos, una soberbia torre de vigilancia: el Panóptico. El personal que lo habita es enigmático, una policía invisible. Más allá de ese arco protector están las carreteras, las ciudades, la vida estipulada, ordenada y comunitaria, de los Atributos y los Accidentes”.

Es decir, aquí encontramos la inserción del concepto foucaultiano, y/o bien del simple uso de la palabra, como se hacía en arquitectura, no lo sabemos; pero finalmente, como notamos en el texto citado, ambos conceptos convergen. Así, notamos, además de dicha inclusión, la habilidad escritural del autor para colocar un concepto científico y/o histórico en una narrativa, la propia, que, sin salir de un contexto marcado desde el inicio de la obra, encaja de manera íntegra; una capacidad peculiar del autor.

Por otro lado, la inserción de una palabra científica no es única en la literatura, ya se ha hecho en otros momentos y la vemos con otros autores -digamos, Ray Bradbury, quien en Farenheit 451, o en cuentos como El peatón pone de manifiesto este concepto bajo una policía hiper vigilante -dedicada a capturar y someter a quienes conservan libros, en mundo donde quedan prohibidos-, que, simbólicamente, termina siendo un panóptico.

Así, pues, El Sistema de Ricardo Menéndez Salmón se enmarca dentro de esta clasificación panóptica.

Cómo apunte final habría que señalar que el archipiélago que conforma El Sistema no es sólo geográfico, sino también literario, la narración está dividida en fragmentos: archipiélagos literarios que coinciden con los descritos dentro de la novela.

Y esa convergencia, ese coincidir, es, al parecer, un disfrute particular de dicha obra.



lunes, 4 de enero de 2021

The mandalorian, la filosofía de sus personajes

Jorge Sánchez Jinéz

 

Las narrativas heroicas suelen estar acompañadas de alguna filosofía a partir de la cual se ordena la historia de sus protagonistas; estos modos de ver la vida pueden ser reales -basados en alguna religión, ciencia o tradición, o se conforman a partir del propio universo generado por el creador o escritor(a) de la historia: algunos ejemplos de ello son: la Fuerza, en La guerra de las galaxias, el presente en la película El camino del guerrero; el destino, en la novela La espada del destino… hay tantas más. Pero ahora quisiera centrarme en una serie de televisión que complementa el universo de La guerra de las galaxias. Me refiero a The Mandalorian, con personajes memorables cuya vida se encuentra sustentada, precisamente, por una filosofía de vida.

La historia gira alrededor del mandaloriano, un cazarrecompensas que tiene como trabajo encontrar a un niño, un bebé de ‘apenas’ cincuenta años, y que según sabemos por el contexto de La guerra de las galaxias, pertenece a la raza del maestro Yoda; dicho trabajo lo obliga a entregar al niño; no obstante, después de realizarlo, regresa por él, huye, y decide cuidarlo, pese a los problemas que le trae ello.

En ese sentido, me gustaría mencionar tres personajes que hablan de dicha filosofía.

El mandaloriano. Din Djarin, This is the way, este es el camino. Con esta frase aceptemos la vida tal como viene, hay una corriente, una sabiduría más grande que nosotros, los seres humanos (o lo seres del universo en The mandalorian), y ésta nos indica qué hacer, porque nosotros somos menos sabios, o, dicho de otra forma, podemos acercarnos a esta sabiduría, simplemente, siguiéndola.

Kuiil, I Have Spoken, no se hable más. Estas palabras nos indican o nos invitan a acatarnos a los hechos, no crear ruido alrededor de una situación concreta, a condición de actuar o hablar con la verdad: no se hable más, las cosas son así, y está hecho.

IG-11. Aunque no tiene una frase definida, habla de proteger al niño, estoy programado para cuidar, se le escucha constantemente, y así lo hace hasta el final de su existencia, robótica, pero llena de sentido.

Estos son, pues, los tres personajes, cuya filosofía de vida -explícita al mencionar dichas palabras, respaldadas por sus acciones-, puede resumirse en la figura del héroe, un arquetipo cuya manifestación consiste -ya en la vida humana-, en cumplir de nuestros objetivos (terrenales, espirituales, etc.), hacernos cargo de ellos, dentro de límites aceptables y sanos para nosotros y para los demás.

En cuanto a la escritura de una novela, cuento, o su proyección en el cine o la televisión, sería importante apuntarse a una de ellas, alguna que resalte el valor, la verdad, la autenticidad, que son cualidades o valores abstractos, pero que para ponerlos en práctica están, precisamente estas historias, cuyos personajes -símbolos y no personas-, representan perfectamente la manera en la cual emplear estas ‘armas’… En fin, más allá de la cuestión ética, quisiera resaltar el valor práctico de estas historias, la filosofía de vida -que no es su propósito principal-, y cómo sustentando el por qué y para qué de cada personaje vienen a contarnos lo que, en realidad, buscamos en algún momento de la vida: ser los héroes de nuestra propia historia. 

Este artículo, junto con otros, puedes encontrarlo en mi libro The mandalorian. La filosofía de sus personajes, en este enlace de Amazon



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